Constantemente
asistimos a la lucha de los Estados por conservar los monopolios
públicos y aniquilar los monopolios privados. Son evidentes las
ventajas que ha generado la desaparición de las situaciones de
monopolio creadas en virtud de una ley.
En
nuestro país, la liberalización de los derivados del petróleo,
las líneas aéreas y las telecomunicaciones, están generando una
importante mejora del servicio y una mayor satisfacción del usuario.
No pueden negarse los efectos saludables para el mercado de una
situación de libre competencia. Pero lo que cabe cuestionarse
es la intervención del Estado en las situaciones de dominio que
se producen de forma natural, como resultado de la mejor calidad
de un producto, una estrategia comercial adecuada o la concurrencia
de factores económicos que propician una mayor aceptación en el
mercado.
En
un escenario normal, las empresas compiten entre sí en un mercado
libre, hasta que una de ellas alcanza una posición dominante.
En ese momento se produce una alianza de los competidores en desventaja
para devolverla a su situación inicial. Y si fracasan, recurren
al Estado protector e intervencionista.
Cuando
se analizaba el origen del Derecho, una corriente llegó a afirmar
que la Ley era una creación de los débiles para defenderse del
fuerte. Y la Ley sirve ahora, una vez más, para evitar que los
peces pequeños sean "fagocitados" por los peces más grandes.
Las leyes modernas que regulan la defensa de la competencia reservan
el papel del Estado a evitar desequilibrios graves que afecten
la libre concurrencia. El Estado sólo debe intervenir cuando se
produzcan abusos reales y graves, cuando los efectos de una posición
dominante causen un perjuicio directo al usuario.
Javier
Ribas
javier.ribas@es.pwcglobal.com
Departamento
de IT
LANDWELL,
Abogados y Asesores Fiscales
©
PricewaterhouseCoopers Juridico y Fiscal S.L., 2000
Telefono
Barcelona: 93-2532865 (Javier Ribas)
Telefono
Madrid: 91-5684325 (Carlos Rodriguez Sau)